Por Felipe Román
No obstante, el comercio clandestino de opio continuó y, para 1838, el problema era alarmante. Por ello, se nombró a Lin Zexu como comisionado imperial, con la misión inicial de erradicar el tráfico de opio en la provincia de Guangdong. Lin exigió a los traficantes y autoridades locales la entrega de todas las existencias de opio. Los británicos que operaban en la zona se negaron, por lo que Lin ordenó rodearlos e impedir toda comunicación con sus barcos —dato al que conviene prestar atención, pues guarda una clara similitud metafórica con lo que hoy hace Trump—. Lin destruyó más de 20,000 cajas de opio.
Esta acción enfureció a los ingleses, quienes en 1840 enviaron dieciséis buques de guerra, veinte barcos de transporte y cuatro mil soldados fuertemente armados. Tomaron posiciones estratégicas y dominaron los principales puertos chinos. El gobierno británico envió entonces una misiva a Pekín exigiendo la legalización del comercio del opio, el pago de una indemnización por la mercancía destruida y la apertura de nuevos puertos al comercio exterior.
Esta humillante derrota abrió el apetito voraz de otras potencias europeas, que exigieron a China privilegios similares a los otorgados a Inglaterra. China, impotente, tuvo que acceder, lo que representó un golpe devastador para su ya debilitada economía.
En 1841 se produjo otro enfrentamiento, ya que el emperador Daoguang se negó a cumplir lo pactado y declaró la guerra a Gran Bretaña. La respuesta británica fue devastadora: arrasaron los bastiones chinos y, en 1842, las tropas inglesas entraron en Nankín. Tres semanas después, China e Inglaterra firmaban el Tratado de Nankín, que puso fin a la guerra.
Posteriormente, China sostuvo otros conflictos con potencias europeas, pero, debido a su limitado arsenal bélico, sucumbía una y otra vez, viéndose obligada a aceptar condiciones de paz sumamente onerosas.
Todo lo anterior demuestra que las guerras motivadas por asuntos relacionados con las drogas no son un invento moderno ni una ocurrencia del presidente Trump. Se trata de conflictos que se remontan al siglo XVIII.
Recordemos que el presidente Trump declaró el 15 de diciembre de 2025 al fentanilo como arma de destrucción masiva, acompañando su afirmación con la firma de una orden ejecutiva. Esta decisión no tiene precedentes para un narcótico y autoriza al Pentágono a apoyar a la policía y a otras agencias en la lucha contra el tráfico de drogas.
Antes de reaccionar de forma histérica, conviene examinar los datos. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), más de 250,000 personas murieron entre 2021 y 2023 por sobredosis relacionadas con opioides sintéticos, especialmente fentanilo. Esta cifra supera con creces la mitad de los soldados estadounidenses muertos en la Segunda Guerra Mundial, que ascendieron a 407,316. Por ello, Trump afirmó: “Si esto fuera una guerra, sería una de las peores”.
Trump añadió además una declaración que puede parecer rimbombante, pero que cobra sentido a la luz de la historia: “No cabe duda de que los adversarios de Estados Unidos están traficando con fentanilo en parte porque quieren matar a los estadounidenses”. Ya hemos visto cómo Inglaterra y otras potencias europeas utilizaron el opio contra China con fines económicos. Trump sostiene que, en el caso del fentanilo, no solo se busca el lucro, sino también provocar el mayor daño posible: biológico, moral y afectivo.
Existe un término médico denominado iatrogenia, que describe el daño ocasionado por el médico mediante sus palabras, gestos o acciones. Algo similar ocurre cuando se aplican medidas paliativas que alivian momentáneamente, pero no resuelven la causa del problema.
Durante años, Estados Unidos ha enfrentado el narcotráfico como quien combate la fiebre con acetaminofén: obtiene un alivio temporal, pero no erradica la enfermedad. Se capturaban eslabones menores, pero la estructura permanecía intacta. Hoy, al atacar la raíz del problema e impedir la llegada de estas sustancias, no solo se benefician ellos, sino también América Latina, Centroamérica y el Caribe. Al disminuir el flujo de drogas, se reduce de manera significativa la delincuencia y la criminalidad asociada.
La mayoría cree que estas medidas se limitan al mar Caribe, pero también se están aplicando con igual severidad en el océano Pacífico, aunque con menor cobertura mediática.
La Biblia no describe guerras por drogas, pero sí menciona en Génesis y en el Cantar de los Cantares una sustancia conocida como mandrágora. Por sus componentes —escopolamina, atropina e hiosciamina—, produce efectos que explican el sentido afrodisíaco de los pasajes bíblicos en Génesis 30:14–16 y Cantar de los Cantares 7:13. En hebreo, mandrágora significa “fruto del amor”.
Conclusión: La guerra por las drogas es antiquísima. Hoy, incluso nuestro pequeño y amado país podría verse beneficiado por esta ofensiva contra el narcotráfico, aunque algunos se resistan a reconocerlo.
El autor es psiquiatra y general (R) del Ejército


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