Por Juan Salazar
En una estación del Metro estaba casi sobre el torno giratorio para control de entradas y salidas cuando una persona que venía detrás me desplazó bruscamente y se colocó delante. No le reclamé por su impaciencia, simplemente me eché a un lado y le señalé con la mano que le cedía el paso.
Apenas unos segundos más tarde, en la escalera eléctrica, otra persona detrás insistía para que quienes iban delante se apartaran y así poder subir casi corriendo, pese a tener la escalera estática disponible a la vera, si quería subir con tanta prisa.
En el tráfico vial las manifestaciones de impaciencia son más variadas y peores.
El conductor de un vehículo se mueve a otro carril, simplemente para en pocos segundos retornar porque al que ingresó está igual de lento. Así se la pasa mudándose de carril a carril entorpeciendo la circulación a los demás.
Con los motoristas es más dramático, porque hace tiempo la palabra “esperar” se esfumó de su ADN. Buscan cualquier limitado espacio para avanzar de manera temeraria o violando las más elementales normas de tránsito, incluida pasar semáforos en rojo.
En cuanto a ese tránsito vehicular y peatonal tan desesperado, recuerdo la canción “Lo quiero a morir”, lanzada en 1988 por la dominicana Ángela Carrasco. En uno de sus estribillos nos recuerda que “el reloj marca las horas sin ser dueño del tiempo”. Y sí, en esa dura batalla diaria contra el reloj, olvidamos que tampoco tenemos una patente del tiempo y nuestro destino. A veces unos segundos "perdidos" pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Olvidamos que la rapidez que predomina en el mundo virtual no puede aplicarse con idénticos resultados en el universo real.
Pero pasa también con los gobernantes, una decisión fruto de la impaciencia les ha costado el poder a sus partidos. Hay un ejemplo muy elocuente en la Biblia con Saúl, el primer rey que tuvo Israel. El relato está en el libro 1 Samuel, capítulo 13, versículos del 7 al 14.
El monarca esperaba en Gilgal, al oeste del río Jordán, al profeta Samuel para implorar el favor de Dios en una batalla contra los temidos filisteos. Pero al ver que Samuel se dilataba y que en su ejército desertaban, Saúl decidió ofrecer holocaustos él mismo a Yahvé, un ritual reservado exclusivamente a los sacerdotes.
“Entonces Samuel dijo a Saúl: Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Mas ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó”, refiere el relato bíblico sobre cómo David fue ungido sucesor de Saúl en el trono de Israel.
¿Cuándo la impaciencia comenzó a ganarnos la batalla en la vida cotidiana o frente a decisiones trascendentales que pueden marcar nuestro presente y futuro?
La razón es que olvidamos que la rapidez que predomina en el mundo virtual no puede aplicarse con idénticos resultados en el universo real.
Transacciones bancarias, burocráticas, pagos de servicios y otros trámites personales están disponibles a la distancia de un clic, sin la necesidad de realizar largas filas, esperar tediosos turnos y recorrer largas distancias en medio de un tránsito caótico.
Con los motoristas hace tiempo la palabra “esperar” se esfumó de su ADN.
Por eso pagamos por un internet cada día más veloz. Y la vida no sería igual sin un 5G, esa quinta generación de tecnología móvil que garantiza una conexión rápida y respuestas instantáneas, especialmente para acceder a las aplicaciones, redes sociales y a cualquier información que necesitemos.
Con todo ese potencial disponible, si un empleado que nos atiende en un trámite presencial se “dilata demasiado", al final ni siquiera le agradecemos por el servicio brindado. ¿El motivo? No tuvo el principal requisito que define la eficiencia: rapidez.
Pero incluso hasta en ese mundo virtual que invita constantemente a la inmediatez, la impaciencia suele aflorar cuando los pedidos a domicilio no llegan “ya”. Y le reclamamos por esa ineficiencia al negocio que nos brindó el servicio. También si el taxi solicitado se dilata más de lo esperado, cancelamos pulsando la opción “el tiempo de espera fue demasiado”. Al final terminamos perdiendo más tiempo y llegando más tarde a nuestro destino.
La impaciencia se define como la intranquilidad, desasosiego o nerviosismo que genera esperar por algo que se desea o tarda en llegar. Sin embargo, actualmente, aflora sin la necesidad de que lo anhelado se dilate en concretarse.
Un ejemplo de paciencia en la Biblia, contrario al rey Saúl, lo encontramos en las pruebas, desafíos y sufrimientos del apóstol Pablo.
Quedó ciego camino a Damasco antes de convertirse al cristianismo y de que Jehová le cambiara el nombre de Saulo por Pablo. Cuando comenzó a predicar el evangelio de salvación a los gentiles, fue encarcelado en múltiples ocasiones, azotado, apedreado, sobrevivió a tres naufragios, enfrentó juicios y él mismo confesó que tenía un aguijón de la carne, un mensajero de Satanás que le abofeteaba.
Pues ese Pablo que tanto padeció, nos deja en una de sus cartas un mensaje edificante sobre la paciencia: “Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza”. (Romanos 5:3-4, Biblia de las Américas).
El universo virtual nos permite sin dudas optimizar el tiempo. Pero también sembró en nuestra psique la cultura del "ahora mismo" y del "ya". Podemos seguir beneficiándonos de la prontitud que predomina en el ciberespacio, pero sin perder de vista que en el mundo real la vida se cuece a fuego lento.
Cuando la sociedad actual tan frenética nos impulse a ir como bueyes desbocados, siempre resultará apropiado aplicar la popular frase: "Vísteme despacio que voy deprisa".
La paciencia es un fruto del Espíritu. Jamás olvidar que, como el apóstol Pablo, enfrentaremos con frecuencia obstáculos, pruebas, desafíos y sufrimientos inevitables que pondrán a prueba el carácter forjado bajo el crisol de la paciencia.
Fuente: informando24horas.com

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